¿DE QUÉ EDUCACIÓN ES MINISTRO EL MINISTRO?


Pepa G. - Posted on 29 April 2012

 

La asociación Ciudadan@s por la Educación Pública

manifiesta su preocupación ante el grave

retroceso democrático que entrañan los últimos

recortes en educación y hace un llamamiento a

la sociedad civil para que no claudique.

 

3000 millones de euros menos de inversión en educación. Aumento

ya insostenible del número de niñas y niños por aula (30

en primaria; 36 en secundaria obligatoria; más de 40 en bachillerato).

Disminución del tiempo que los profesores podrán dedicar

a cada una de sus clases, a cada uno de sus grupos, a cada uno

de sus estudiantes. Bajas de quince días que no se cubrirán.

Sin embargo, como ciudadanas y ciudadanos comprometidos

con la defensa de la educación pública, con la defensa y mejora

de la educación a secas, nuestra preocupación se ha redoblado a

la vista del aplomo con que el Ministro de Educación se ha apresurado

a subrayar que estas medidas “no suponen un perjuicio

directo, ni siquiera indirecto a la calidad de la enseñanza”.

 

Supongamos por un momento que no hay en estas palabras

asomo de cinismo. Supongamos que el Ministro las dice de buena

fe; que lejos de estar angustiado por unos recortes impuestos

está convencido de que estas medidas no han de despertar

resistencias en las comunidades autónomas “porque son de

sentido común, porque no perjudican sustancialmente a la calidad

de enseñanza”.

¿De qué calidad y de qué enseñanza está hablando el Ministro?

¿Qué tipo de educación es insensible a una reducción tan devastadora

del número de profesores?

 

Solo un modelo transmisivo, distante, autoritario y frío de enseñanza

puede permanecer inmune a estos cambios: una enseñanza

que renuncia de antemano al encuentro interpersonal, al

trabajo cooperativo, a la deliberación argumentada. Un modelo

de enseñanza —que no de educación— que copia su liturgia de

otras instituciones en las que no hay espacios para la investigación,

la creatividad, la mirada crítica. En que no hay nada que

innovar porque todo está dado de antemano.

Porque si de lo que se trata es de abrir abismos entre mesas y

tarimas; si de lo que se trata es de que hable el maestro y escuchen

los alumnos y no de que nuestras hijas e hijos puedan

ser también escuchados y dialogar entre ellos; si de lo que se

trata es de asumir un saber ya consagrado y no en construcción,

un saber disciplinar y no transdisciplinar y globalizado; si de lo

que se trata es de llenar cabezas sin necesidad de mirar a los

ojos; de cabalgar velozmente por temarios interminables en la

esperanza de que lo que el maestro enseña sea lo que los estudiantes

aprenden; de acatar la palabra del Libro sin necesidad de

manejar y contrastar otras fuentes; si de lo que se trata es de

desfilar uniformemente al paso que otros nos dictan... ¿para qué

distribuir en grupos de veinte si en el anfiteatro caben dos mil?

Es precisamente la despreocupación del Ministro, su indiferencia

ante el efecto de los recortes anunciados, lo que nos hace temer

que lo peor esté aún por venir: “Son medidas realistas y conmesuradas”;

“son”, citamos textualmente, las medidas necesarias

“para que en su momento se pueda desarrollar una reforma

educativa”.

No queremos avanzar vertiginosamente hacia atrás. La educación

de hace veinte, cuarenta, sesenta años, educaba para el

mundo de entonces, pero ese no es ya nuestro mundo. El mundo

laboral de nuestro tiempo —y nuestra vida en común— necesita

gente autónoma, creativa, capacitada para el trabajo en equipo.

Personas que no se limiten a ejecutar instrucciones ajenas, sino

que sepan afrontar los problemas —que son siempre nuevos e

inesperados— y que sepan hacerlo a través del diálogo con los

demás. Necesitamos hombres y mujeres con preparación, sensibilidad

e imaginación. Solo así contribuiremos a educar personas

dispuestas a conformar una sociedad más libre, más justa, más

solidaria, más compasiva que la actual.

Pero es que, además, una nueva brecha de injusticia social ha

quedado abierta por la brutal subida de tasas universitarias recién

anunciada lo que, sumado a la drástica reducción de becas,

no asegura ya que en nuestras universidades se formen quienes

deseen hacerlo y estén dispuestos a emprender esa etapa

con dedicación y provecho, sino, sencillamente, quienes puedan

pagarse esos estudios. Creíamos haber dejado atrás los tiempos

en que el nivel de instrucción de una persona venía determinado

por el contexto familiar de origen y, sin embargo, esas sombras

empiezan a abrirse paso entre nosotros.

Por todo ello, como estudiantes de ayer y hoy, como docentes

de los diferentes tramos educativos, como familias, como ciudadanía

en general, hemos de asumir la responsabilidad que

como sociedad civil nos corresponde. No renunciemos a innovar,

a cuestionar, a debatir, a construir. Demos la espalda a unos estándares

de evaluación que no son los nuestros. Reflexionemos

acerca de qué le pedimos a una “buena educación” y trabajemos

por ella. Está en juego la felicidad de las personas y la salud democrática

de nuestro país. No nos resignemos, no nos fracturemos,

no claudiquemos.

 

Ciudadan@s por la Educación Pública

 

 

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